Cuando mi alma se destrozó, pensé que nunca ese polvo de cristal podría unirse de nuevo y formar la efigie que fue. Lo aparté y lo dejé a un lado mientras me dedicaba a padecer su pérdida.
Pero un día, en el crepúsculo del amanecer, lo sentí agitarse. El primer reflejo que se esbozó en el firmamento fundió el polvo, y cuando el sol salió, mi alma de cristal lo escoltó, nueva, renovada y con más fuerza que nunca dispuesta a no volver a romperse.

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