El amor...ese gran desconocido

Mis cosas

sábado, 3 de diciembre de 2011

# 3






Me desperté de mala gana cuando noté que era imposible seguir durmiendo con ese dolor punzante en el costado. Seguramente me había quedado dormido encima del mando a distancia, y ahora reclamaba su espacio clavándose en mis riñones. Intenté como pude mejorar mi postura sin abrir los ojos, pero ya era demasiado tarde. Había traspasado la fina línea que separa el sueño de la realidad. Abrí los ojos como pude. Ya era de día, la luz me cegaba y me costó despegarlos sin hacer una mueca de disgusto. Noté una especie de sonido estridente y contínuo que martilleaba mi cerebro cerca de mi hombro. Palpé medio a ciegas hasta que noté algo frío y enseguida adiviné que se trataba del auricular del teléfono.
Como pude y casi sin moverme lo colgué, deshaciéndome así de aquella maldita música. Estaba un poco aturdido, en ese momento no sabía que había hecho la noche anterior, ni qué hora era, ni cuánto tiempo llevaba allí tumbado. No recordaba nada y deduje que había sido como tantas otras noches con la única compañía de mi televisión y mis cervezas. Pero no me sentía mal, sólo estaba cansado. Me incorporé como pude y reparé en que la televisión seguía encendida, como cada mañana. Le quité el volumen mientras intentaba llegar al baño para refrescarme un poco. El aire era denso, casi irrespirable. Cada movimiento corporal me resultaba eterno, como moverme a cámara lenta.
Me miré al espejo tras mojarme bien la cabeza, y vi mi rostro cansado mientras las gotas de agua resbalaban por mi rostro. No tenía mala cara, era mi cara de siempre, con la misma expresión derrotada y sin ilusión de todos los días. Quizás por eso me costaba encontrar la vitalidad suficiente para moverme con soltura. ¿Qué hora sería? El hecho de no tener ningún reloj en casa, no ayudaría mucho a saberlo. Una cosa si la tenía muy clara, aún no recordaba nada. Ni siquiera recordaba los sueños que había tenido, cosa extraña ya que desde hacía mucho solía recordar hasta el más mínimo detalle y estaba acostumbrado a escribirlos nada más despertar. Pero hoy nada, tenía la mente completamente en blanco. “Estar solo es malo”- me dije, intentando sonreír aunque quedó en una pequeña mueca casi imperceptible.
El ambiente estaba cargado, se pegaba a mi cuerpo como un velo invisible de forma abrumadora. Como un abrazo asfixiante, que me ahogaba segundo a segundo.
 Mientras tropezaba con un libro de Dean R. Koontz y un par de latas de cerveza vacías por el camino, me dirigí hacia la única ventana de mi pequeño apartamento, la única salida de mi micro mundo, buscando un poco de aire limpio y fresco que me liberara de semejante aturdimiento.
Fue aquella descarga eléctrica que recorrió mis piernas hasta llegar a mi pecho, lo que me hizo despertar y me despejó la mente como un latigazo. El espectáculo que divisaban mis ojos era lo más extraordinario que había visto en mi vida. Un cielo teñido en distintos tonos amarillo azufre, dispuesto a arder en cualquier momento, bañaba todo el espacio infinito que podía abarcar mi vista. Una mezcla de sorpresa, temor y alucinación recorría mi cuerpo inmóvil, ávido de comprender lo que estaba procesando mi mente.
Pasaron unos minutos, quizás solo 1, pero a mí me pareció eterno, y entonces me percaté de algo que me sorprendió y me llenó de temor. El silencio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...